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Por Martha Meier Miró-Quesada
“No es un mochilero buscón de alucinógenos. Nada que ver”.

El “huachumero” don Celso Rojas andaba ensimismado en sus quehaceres diarios, cuando de pronto un chiquillo medio gringo plantó su tabla en la arena decidido a convertirse en su mejor discípulo. Aquello fue en 1969 y ese joven muchacho era mi primo “Beaver” (castor en inglés), así apodado por dientón.

Prontamente participó en las ceremonias y bebía el té de “huachuma” preparado por don Celso y los efectos alucinógenos de la planta curadora y maestra se apoderaban de él. El maestro lo guiaba por sus paisajes y laberintos interiores con palabras, cantos y sonidos. También, lo ayudaba a desdoblarse y volver a su cuerpo para expandir su conciencia y enseñarle a “ver”.

La “huachuma” es el San Pedro, cactus guardián y protector que silba en las noches ahuyentando a los malos espíritus. Mientras sus amigos la usaban fuera de su contexto ritual por el “viaje”, mi primo encontró la llave para abrir la puerta del autoconocimiento y de la sabiduría.

Cuando le dicen “chamán” aclara calmado y sonriente que solo es “curandero kamasqa y altomisayoq, discípulo de don Celso Rojas Palomino y de Benito Corihuamán”. Y todos hacen como si entendieran de qué cuernos habla don Óscar Miró-Quesada, el hombre cuya receta para arreglar el estado de las cosas consiste en restaurar la armonía entre los seres humanos, sintonizarnos con el planeta y vivir nuestras vidas de modo sagrado. El año pasado presentó Lecciones de Coraje: Sabiduría Chamánica Peruana para la Vida Diaria, un libro en coautoría con la doctora antropóloga Bonnie Glass-Coffin, el cual fue un éxito de ventas.

Desde chico mi primo era guapo y atlético. Jugaba muy bien fútbol y en las fiestas muchas de las chicas querían bailar con él. Corría tabla y, como el resto de sus amigos, caleteaba al norte en busca de las mejores olas. Fue en esos viajes que se sumergió en un mundo sin salida y recorrió –gracias a don Celso Rojas– el doloroso camino del perfeccionamiento espiritual. En Salas don Celso lo hizo auxiliar de mesada, “rastrero” (adivinador o diagnosticador clarividente) y el “segundo en banco” (es decir, el primer asistente en las sesiones de curación).

El norteño murió en 1982, pero poco antes lo autorizó, por el contrato oral llamado “compacto de voz y palabra”, a portar el linaje kamasqa y a llevar “la visión profética de nuestros antiguos” al mundo occidental. Tras la muerte de don Celso y hasta 1986 fue aprendiz de la tradición chamánica del “Paqo” en Wasao, una comunidad rural al sur del Cusco. A diferencia de las ceremonias de Salas donde se usaba un altar, en Wasao el altar era la Kay Pacha; es decir, la Tierra rodeada por los apus bajo la luz de Quilla, la luna, o a la luz de Inti, el sol, y la Pachamama.

Don Benito murió en 1986 sabiendo que mi primo había sido impregnado por la esencia y cosmovisión Q’eswaruna, pues se percató del amor y respeto que entregaba en las ceremonias para la Tierra. Unos meses antes le confirió el poder para transmitir como altomisayoq.

Ya desde 1979 difundía en Estados Unidos, su hogar, la tradición transcultural de la Pachakuti Mesa, ceremonias a la Madre Tierra y encuentros de sanación, generando una extensa red de comunidades espiritualizadas para difundir su mensaje de amor, paz y armonía.

Mi primo no es un mochilero buscón de alucinógenos. Nada que ver. Googléenlo y verán que “don Óscar Miró-Quesada”, de la fundación THOTH (El Corazón del Curandero, por sus siglas en inglés) tiene una notable formación académica, científica y humanista, complementada con sus conocimientos del Perú chamánico.

Gracias a sus investigaciones y trabajos de campo, el Perú cuenta hoy con un programa satelital de servicio de salud pública en enfermedades mentales, en alianza con curanderos tradicionales.

Así es mi primo, para mí “chamán” aunque lo niegue. Nuestro “papapa” Racso estaría orgulloso de él por haber derrumbado el muro de la ciencia para amalgamarla con la espiritualidad ancestral del Perú, así como él mismo tumbó, en su tiempo, la reja que dividía el patio de Letras y Humanidades del de Ciencias en la casona de San Marcos, pero esa es otra historia.

 

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